Nota n° 3: Puesta en escena y conciertos de rock bajo Dictadura.
Fotografía: Andrés, Ernesto y Alejaica en el Teatro Caupolicán, 1984. Fuente: perfil facebook Carlos Marchant.
El repertorio escogido, el lenguaje corporal, los desplazamientos y coreografías, el vestuario utilizado, la escenografía, la iluminación y la amplificación: todos estos elementos forman parte de la puesta en escena de un artista o banda. También allí deben incluirse los distintos modos que tienen para comunicarse (o no) con la audiencia, y para dar cuenta (o no) del contexto que les toca vivir.
Por lo general, allí observamos el cruce entre el modo en que cada agrupación quiere mostrarse (y ser recordada); los estereotipos importados y adaptados desde agrupaciones habitualmente anglosajonas; la imagen que las compañías disqueras y los medios promueven; y lo que la audiencia espera de las bandas. Además, suele estar asociada al resto de los ámbitos que conforman cierta ‘identidad’ del artista o banda (sonido, estéticas, temáticas), algo que, de todos modos, no es nuevo ni peculiar del rock cultivado durante la Dictadura: cada artista que se ha parado sobre un escenario ha debido resolver el modo en que lo hará, a partir del cruce de elementos señalados más atrás.
Sin embargo, también es cierto que el rock, desde que irrumpió en el país durante los ’60, no evocó precisamente orden y obediencia, sino desborde musical, estético y cultural. Si además consideramos que la Dictadura impuso condiciones inéditas para el desarrollo de las artes y los jóvenes, entre ellos los rockeros, cabe preguntarse: ¿de qué modos se pararon sobre el escenario las distintas bandas de rock en años de Dictadura? ¿Qué razones y objetivos estuvieron detrás de esas puestas en escena? En las líneas que siguen expongo algunas tendencias posibles de reconocer en diecisiete años de régimen.
Correcta ejecución, simpleza y actitud
Surgida hacia 1976 en el sector sur de Santiago, Poozitunga fue una de las bandas que cultivó una puesta en escena casi sin producción. Su baterista, Alejandro Martin, recuerda que en ese aspecto el grupo era “súper espontáneo, sencillo”, porque “uno no tenía mucho acceso tampoco a ver las bandas más referentes”, y “lo máximo que se había visto como en imágenes era Woodstock, cosas así, que era bien hippie en esa época todavía, Jimi Hendrix, imágenes de los Who, por ahí teniai como algún esbozo de lo que podía ser”. Sin embargo, esa estética “tampoco tenía mucho que ver con la vida que uno llevaba en ese momento”, entonces [nuestra estética] era como ‘así soy yo, me subo, me cuelgo la guitarra’ y tocábamos no más”. Después se empezó a entender otras cosas, que hay una propuesta, que hay visual, qué sé yo, pero eso se fue dando en la medida que fue llegando cada vez mas información, más bandas, tú veías más imágenes”¹.
Foto: Poozitunga, presentación en colegio sin identificar (avenida Santa Rosa), ca. 1979. Fuente: fanpage Poozitunga. Referencia recinto y fecha: Alejandro Martin
Nelson Olguín, baterista de Tumulto entre 1974 y 1981 (aproximadamente), afirmó que en esos años no había en la banda una conversación especial respecto del vestuario, sino que “cada cual salía como quería” al escenario. En su caso, eso se traducía a “una pura jardinera con una polera blanca, y en el verano sin polera”, además de zapatillas. “Esa era mi onda, mi parada, con lluvia andaba mojado como… No cambiaba mi estilo”.
Aquello fue reafirmado en una entrevista publicada en el n° 8 de la revista Juventud (Secretaría Nacional de la Juventud), hacia octubre de 1977. De acuerdo a la nota, al acercarse a los integrantes de la banda, uno “piensa que está ante un grupo de muchachos común y corrientes, y no frente a uno de los conjuntos de rock más importantes del nuestro país. Incluso en el día de conciertos, Tumulto se viste como de costumbre: mostrando abiertamente sus creencias, en ropa honesta, música honesta y actitud honesta”. Orlando Aranda, guitarrista y vocalista del grupo, afirmó en la nota: “la vestimenta no hace al rock”.
Sin desmentir lo anterior, existe un consenso entre los músicos y la audiencia a la hora de señalar a Tumulto como una banda que derrochaba energía y talento sobre el escenario, prescindiendo de vestuarios especiales y pirotecnia. “Los Tumulto eran impresionante como tocaban esa gente”, rememora Alejandro Martin (Poozitunga), “ellos no se producían, la propuesta era la música no más”.
La banda Millantún fue fundada hacia 1975, y según fotografías correspondientes a sus primeros cinco años, los integrantes utilizaron vestuarios no demasiado producidos en sus conciertos. Sin embargo, en el recuerdo de quienes los vieron tocar, con el tiempo el grupo sumó algunos movimientos corporales para reforzar su puesta en escena, como tocar con la guitarra vuelta hacia atrás y patear equipos.
Fotografía: Millantún en el Casino de la Medialuna de Maipú (ca. 1975-1978). Fuente: fanpage Raíces Maipucinas.
La puesta en escena como un espectáculo
Otra forma de pararse sobre el escenario durante el régimen, fue desarrollando la idea del espectáculo. Según el libro de David Ponce, Prueba de sonido (Ediciones B, 2008), a lo largo de la década de los ’70 se consolidó la idea de ejecutar covers de bandas como Grand Funk, Black Sabbath y Led Zeppelin, cobrando importancia una puesta en escena que mezclara energía con rigurosidad en la ejecución. En eso destacaron bandas como Teykers, Yerba Seca e Influjo, cuyos respectivos bateristas “Laucha” Huerta, “Lalo” Contreras y “Tito” Valenzuela, eran un show en sí mismos.
Particularmente Víctor “Laucha” Huerta, baterista de los sanmiguelinos Teykers, era reconocido no sólo por su timbre de voz idéntico al de Robert Plant (Led Zeppelin), sino además por danzar alrededor de su batería mientras tocaba, vestido con una chaqueta especialmente destinada a fortalecer el espectáculo. Eduardo Valenzuela, guitarra y voz de Los Trapos, lo recuerda así: “tenía una chaqueta con flecos igual a la que usaba el cantante de los Who, y se veía fantástico cuando tocaba porque movía harto las manos y los flecos salían volando por todos lados. Entonces a la gente le encantaba eso ¿cachai?, pero no todos se ocupaban por el vestuario, y eso es re importante”.
Fotografía: Víctor “Laucha” Huerta, baterista de los Teykers, en una de sus recordadas performances sobre el escenario. Nótese la chaqueta con flecos, mencionada por Eduardo Valenzuela en entrevista. Fuente: www.sonichits.com
Precisamente Los Trapos fue una agrupación especialmente preocupada por ofrecer una puesta en escena elaborada. Nacidos en el sector oriente de la capital en 1965, hacia 1974 ya tenían un repertorio de canciones propias, y comenzaron a incursionar en la idea del espectáculo sobre el escenario, influenciados por la experiencia vivida en el extranjero por uno de sus integrantes: “el baterista de nosotros estaba en Estados Unidos, y después volvió pero volvió trastornado porque había visto a David Bowie y a Alice Cooper. Y dijo ‘estos compadres están dejando la ensalada en Estados Unidos, se pintan, se disfrazan, les cortan el cogote a las gallinas, tiran sangre… hagamos alguna cosa divertida’. ‘Ya po, inventemos algo’. Y un día se nos ocurrió ir a la Casa Útil, y en la Casa Útil arrendaban trajes y tenían todo el vestuario del Teatro Municipal, y los trajes eran súper buenos ¿cachai? Había trajes de Napoleón, de Arturo Prat, mucho milico. Y nosotros nos vestíamos de militares y nos poníamos los gorros largos, qué sé yo”. “Después se nos ocurrió pintarnos” y “el maquillaje que usábamos era un maquillaje plástico, entonces tu agarrabai una hueá y te sacabai el maquillaje completo”. Además, Eduardo recuerda haber tocado “con un mantón de manila, entonces movía las manos y se veían todas las tiras y ahí al final ya estaba todo enredado”.
“¡Era muy entretenido!”, afirma. “A nosotros nos bautizaron como el primer grupo ‘glam’ de Chile. Y cuando lo pusieron en la prensa, nosotros no teníamos idea qué era ‘glam’… ‘¿qué es glam?’, cachai, y nos empezaron a asociar también con el ambiente gay, y nosotros no sabíamos lo que era gay ¿cachai? No era tema en esa época, eran palabras que no habían llegado a Chile todavía”, y cierra: “nos compararon con Kiss, porque no habían más ¿cachai?”.
Fotografía: Los Trapos en el Cine Gran Palace, junio de 1974, primera actuación con maquillaje. Fuente: fanpage Los Trapos.
Fotografía: Los Trapos en el Estadio Nataniel, julio de 1974. Fuente: fanpage Los Trapos.
Fotografía: Los Trapos en kermesse del Colegio Sagrados Corazones de Viña del Mar, septiembre de 1974. Fuente: fanpage Los Trapos.
Otra de las bandas que destacó en este ámbito fue Turba Multa. Sus orígenes se remontan a 1972 en la comuna de La Granja, y tempranamente se preocuparon por desarrollar una puesta en escena elaborada. Según rememora Luis Hidalgo, baterista de la banda, en sus inicios aún estaba fuerte la onda hippie, de modo que sus primeros años subieron a escena vistiendo “unos trajes con cierre, eran como buzo, con cierre adelante, floreados…. el tiempo de los hippies, pantalón ancho abajo, de pata de elefante, y las mangas también”².
Hacia el último tercio de la década de los ’70, la banda renovó su vestuario, y junto a eso, cada integrante cubrió su cara con pintura al estilo de los norteamericanos Kiss: “nosotros usábamos los maquillajes de mujeres, usábamos el Briskey blanco, una sombra negra, lápiz para marcar el dibujo y lápiz labial también usábamos, usábamos Cutex de uñas y le echábamos tinta de los lápices”, evoca Luis Hidalgo. “Había unas tornasoles y las minas decían ‘¿¡oye y de dónde…!?’, ‘son importadas’, ‘¡de dónde sacaron esos colores tan maravillosos!’. Y lo hacíamos con la pasta de adentro de los lápices, le echábamos un poquitito y se transformaban, ¡quedaban unos colores espectaculares! Siempre tú te las rebuscai, para hacer una cosa te las rebuscai”.
En el marco de un importante festival de rock realizado en el Teatro Caupolicán en 1977, Turba Multa exhibió una puesta en escena que no sólo incluía maquillajes, sino también músicos que “se cruzaban en el escenario” y el apoyo de “una cortina de humo”. Entre el público impactado se encontraba un empresario que organizaba el Festival de la Belleza y del Cantar de Chillán, quien los invitó a presentarse en el certamen. “¡Ya po! Fuimos pa allá” -recuerda Luis- “pero allá íbamos más preparados, con el polvo de aluminio, ya no íbamos con solamente humito, llevamos polvo de aluminio y fuego de bengala”.
Con ese último “se levantaba así una llama, de diferentes colores, verde, azul y rojo, amarillo”, “¡salíamos intoxicados de ahí!”, mientras que el polvo de aluminio -al que llamaban ‘chiriguas’- “explotaba y se formaba un hongo ¡plateado! Entonces, teníamos al asistente que las prendía y las tiraba abajo del escenario, en donde ellos [guitarrista y bajista] estuvieran” y “los envolvía a los dos, porque estaban cruzados, los envolvían, y ¿sabí la particularidad? ¡era muy buena! ¡muy buena! porque se separaban y ¡ellos iban envueltos en eso! ¡era genial!”. Además, “cambiaba el color de las luces y lo que los rodeaba a ellos también, porque se reflejaba, porque era un humo plateado, blanco plateado”.
Fotografía: Turba Multa, presentación en el Segundo Festival de Música Progresiva, Teatro Caupolicán, 1977. Fuente y referencias: archivo de Luis Hidalgo.
Fotografía: Turba Multa con vestuario de escenario, sesión fotográfica para promoción el “Festival de la belleza y el cantar de Chillán”, 1977. Fuente: fanpage Turba Multa. Referencia: Luis Hidalgo.
Fotografía: Turba Multa, festival en el Colegio Alberto Blest Gana (La Granja), 1982. Fuente: fanpage Turba Multa. Referencia: Luis Hidalgo.
Sin desconocer estos antecedentes, muchos cultores del rock señalan a Feedback (1982-1988) como un punto de inflexión en lo que a puesta en escena se refiere, sobre todo por el concepto de infraestructura y profesionalismo concebido por su líder, Néstor Leal. En su retorno desde Europa, el fundador trajo consigo equipamiento que pronto llamó la atención del resto de los cultores, a lo que se sumó un cuidadoso trabajo de escenografía, iluminación y vestuario.
Lo anterior es corroborado por José Inhen, bajista de Chronos, quien destacó el caso de Feedback en términos de show: “ellos tenían como una propuesta, más que nada era una cosa más estética, pero claro: la guitarra con chapitas, el pantalón de plush, con unos vuelos cachai, tenían como esa onda… el escenario así como en escalera, la batería bien arriba”.
Fotografía: Feedback hacia 1985. Al centro, Néstor Leal, fundador de la banda e impulsor de conciertos rock con producción escenográfica de nivel. Fuente: colección Juan Álvarez (QEPD), publicada en el libro de David Ponce, Prueba de sonido (Ediciones B, 2008).
Luis Álvarez, guitarrista de Luna Llena, Amapola y Panzer (esta última fundada por Juan Álvarez, ex Feedback), afirmó que “Néstor Leal llegó de Europa con toda la cosa del metal, el cuero, las tachas y harto volumen y un millón de equipos detrás, la imaginería y la estética del metal”. De hecho, Panzer “heredó toda esa cosa estética”, e “incluso teníamos un truco bien mula, le poníamos bengalas a las guitarras, y al final del último tema las prendíamos… ¡Kiss! ¡Kiss de barrio! Pero funcionaba, la gente quedaba loca po, era un espectáculo”³. Una escena de esa naturaleza puede verse en el siguiente registro, captado en el gimnasio San Miguel, en ocasión del lanzamiento de la revista El Carrete en 1989:
Video: Panzer en el lanzamiento de la revista El Carrete, 1989, gimnasio San Miguel (alt. paradero 6 de la Gran Avenida). Fuente: canal youtube fdorojo.
Ya en la segunda mitad de la década de los ’80, las bandas de la línea metal tomaron la posta en lo que a espectáculo se refiere. En el caso de Chronos, José Inhen (bajista) afirmó que ese aspecto recibía especial atención dentro del grupo: “nosotros en la parte vestuario sí teníamos propuestas porque era la parte que si podíamos manejar cachai… porque obviamente la parte del sonido no teníamos ni una incumbencia, no teníamos sonidista ni nada, así que era a la que te dijeran”. Eso se complementó con otro elemento: “a mí siempre me gustó pintar, entonces yo pintaba poleras, todas las poleras de Chronos que aparezcan por ahí son pintadas por mí. Pintaba poleras, obviamente los pantalones los rompíamos, le pintábamos cuestiones en los pantalones, a veces las zapatillas también cachai… y de repente, una vez, hicimos, bueno nosotros estábamos muy comunicados con la cosa medieval, la mística, entonces me acuerdo que una vez hicimos una espada de Chronos, la hicimos en madera, la pintamos con pintura así metálica, hicimos una piedra, hicimos todo un show en el escenario [del Manuel Plaza] y todo. Había esa idea de hacer como un poco más de espectáculo”, y “la parte que podíamos controlar, la parte en que podíamos innovar, era en la parte de ropa y estética cachai”, “tratábamos de hacerlo”.
Fotografía: Chronos, ca. 1987, camarín del gimnasio Manuel Plaza. Fuente: fanpage Chronos. Referencia del recinto y fecha: José Inhen.
Massacre fue otra banda metal que llamó la atención por su puesta en escena. Además del headbanging que todo metalero cultivó sobre y bajo el escenario (sacudida violenta de la cabeza al ritmo de la música), Yanko Tolic, guitarrista y líder de la banda, recuerda que “empezamos a pintarnos las cruces al revés, yo salía con un aro con una cruz al revés”, a lo que luego sumaron un personaje que los apoyaría sobre el escenario. “El ‘Bestial Fucker’ era nuestro personaje, un amigo que no tenía condiciones para ser músico, entonces yo le dije: ‘bueno, como Iron Maiden tiene su Eddie, tú vai a ser nuestro personaje que cuando estemos tocando, tú sales disfrazado’. Yo le conseguí una máscara de hockey patín, él se consiguió -no sé cómo- balas verdaderas, pero balas antiguas que compró en el persa -yo no le creo mucho- se hizo unas correas tipo Motörhead en el Ace of Spades, que salen en la carátula, pero este hueón se volvía loco porque había hueones que lo trataban de bajar, lo agarraban de la pata, y este hueón con las cruces al revés les pegaba, y a más de uno le rompió la nariz, después los hueones se subían al escenario a pelear, entonces… era algo incontrolable en el Manuel Plaza y en la Sala Lautaro”.
Video: Massacre en el lanzamiento de la revista El Carrete, 1989, gimnasio San Miguel (alt. paradero 6 de la Gran Avenida). Fuente: canal youtube fdorojo
La puesta en escena para pensar el contexto dictatorial
Situadas en un escenario complejo como el de la Dictadura, la gran mayoría de las bandas rock mencionadas no aludió a dicho contexto en sus presentaciones. En algunos casos, se argumentó que el clima hostil vivido en esos años hacía difícil tomar las banderas de la rebeldía sobre el escenario. Orlando Aranda, guitarrista y vocalista de Tumulto entre 1974 y 1990 sentenció: “si te poníai más encima rockero en plan más o menos hippote, que no era muy bien mirado por los milicos ni por los pacos… más encima si te poniai a cantar hueás contra el Régimen, ¡¡era un suicidio!! yo creo que ya olvídate”. Agregó que “ese tipo de canción estaba más relacionado con el mundo universitario, donde había peñas, por ahí se podía… qué sé yo… había letras más contestatarias contra el régimen”⁴. Su compañero Poncho Vergara agregó: “me llamó un gallo con la exigencia de no cantar en castellano, porque por cualquier cosa que se malinterpretara nos íbamos en cana nosotros y él. Empezamos a tocar covers porque era música en inglés, nadie entendía y era una forma de trabajar”⁵.
De ahí que llame la atención lo realizado por Sol y Medianoche, y por Andrés, Ernesto y Alejaica, pues en ambos casos se pudo reconocer acciones encaminadas a expresar, al menos incipientemente, una postura frente a la realidad impuesta por el régimen.
En este último caso, su guitarrista Jaime Marchant afirmó que no había mayores diferencias entre el vestuario ocupado cotidianamente y el utilizado sobre el escenario: “usábamos el pelo largo, yo mis bluyines Levi’s me los ponía y no me los sacaba en dos meses, te lo juro, dormía con mis bluyines, en ese tiempo era como un… no era por moda, sino que era como sentirse… que ahora lo entiendo mejor que cuando lo viví: era como sentirse libre. Era mi polera blanca, mis Levi’s -que como te digo me los ponía y no me los sacaba-, era como ese el uniforme de la libertad, no sé, una hueá muy especial”, a lo que agregó: “no había parafernalia”⁶. Eso sí, de acuerdo a fotografías de la época, la banda realizaba algunos desplazamientos y movimientos coordinados sobre el escenario para reforzar ciertos momentos de su presentación.
Fotografía: Andrés, Ernesto y Alejaica en el Teatro Caupolicán, 1984. Fuente: perfil facebook Carlos Marchant.
Sin embargo, un elemento importante de sus presentaciones fue la forma utilizada para comunicarse con la audiencia, aspecto que nos detalló Andrés Godoy: “me daba cuenta que cada vez que íbamos a los conciertos, y veíamos a las bandas que eran nuestros compañeros, era la típica: ‘canción / silencio fatal o nada o ruido / canción’, y así. Y ese silencio fatal, para mí era un punto de muerte, porque ¡era la desconexión!, o sea, ¿cómo se puede generar un momentum? [Hay] un encuentro en la canción y después, cuando deja de sonar, no hay conexión… ¡no podía ser! En mi cabeza no era posible que ello ocurriera”.
“Entonces, en las conversaciones con Ernesto, le decía: ‘nosotros tenemos la palabra, la palabra puede estar en la canción, pero la palabra en sí misma también es una canción, con instrumentos, con arreglo o sin arreglo, y tiene que tener un sentido, y por tanto nuestros conciertos estaban todos hilvanados. No es que estuvieran prefigurados: mucho de lo que había era espontáneo, era… todavía no habíamos llegado a la etapa de la súper planificación, por decirlo de algún modo, era todo como genuino, y todo era espontáneo”.
“En relación al listado de canciones hilvanaba -porque siempre hablaba yo- una historia, y siempre esa historia tenía relación con lo que estábamos viviendo, con lo que se vivía en la pobla, con lo que vivían los estudiantes, con lo que vivíamos los artistas, con lo que vivían ellos como público, por tanto el público, lo que sucedía con el público, era que nos iban a escuchar, y muchos de ellos me decían: ‘quería escuchar no la canción, quería escuchar lo que hablaban entre las canciones’”.
“Entonces para mí, todos esos detalles eran como reveladores [sobre] cuál era el sentido del artista”, y “siempre le decía a mis amigos y a los compañeros -y todos lo saben- ‘¡es un privilegio estar en el escenario, estar encima! ¡No podemos desperdiciar este momento! Menos aún en un instante histórico, así sea que lo que tengamos que decir ponga en peligro nuestras propias vidas’”.
“Ese hecho generó mucho roce con varios grupos, y varios grupos comenzaron a no tener relación con nosotros por esa causa”. Según recuerda el guitarrista, otros cultores del rock le decían “Andrés, déjate de hacer política”, sin embargo “mi respuesta era ‘hueón: no es política, es vida’, aquí no hay una representación de una ideología, de un partido, es lo que yo vivo como poblador, es lo que tú vives como artista”.
Fotografía: Andrés, Ernesto y Alejaica en el Anfiteatro San Miguel, ca. 1986-1987. Fuente: Colección Francisco “Pancho” Conejera (QEPD). Referencias recinto y fecha: Carlos Marchant.
En 1982 apareció la banda Sol y Medianoche, llamando la atención no sólo por un repertorio que mezclaba a Violeta Parra con rock, sino también porque su vocalista era mujer, algo inusual en la escena rockera de esos años. A eso hay que agregar que Sol Domínguez ofrecía una puesta en escena que incluía atuendos, instrumentos y evocaciones de rituales mapuche, algo que -afirma- poseía un trasfondo conectado con la contingencia nacional: “yo salía danzando… la danza mapuche, con el cultrún en alto, ahí sí yo tenía una performance total, donde terminaba arrodillada, cachai, y después con los brazos en alto” -abre los brazos y mira al cielo- “o sea, yo sentía, y la gente también sabía, que yo estaba hablando de que ¡¡paren ya!! ¡¡Paren esta…!! Cachai, era una forma digamos de rebelarme ante la situación que Chile estaba viviendo en ese momento”.
Fotografía: Sol y Medianoche presentándose en el Galpón Los Leones, julio de 1983 (editado y publicado como casete En vivo, sello ACUS, 1984). Fuente: http://cantonvo.blogspot.com. Referencias: diario Las Últimas Noticias, lunes 18 de julio de 1983
Además, la vocalista recordó numerosos episodios en que encaró desde el escenario a los cada vez más habituales agentes infiltrados en los conciertos: “muchas veces descubrí a los sapos que iban a puro dejar la cagá y yo decía ‘señores de la iluminación…’ -en el Caupolicán, por darte un ejemplo- ‘…quiero luz aquí’, y ahí enfocaban a los tipos que estaban así” -erguidos de brazos cruzados- “y habían ido con una botella pa pegarle al de al lado y ahí que se armara la cagá. ‘Que estas personas…’ y yo demandaba a los tipos que estaban ahí, que iban mandados para ir a dejar la cagá, que eran de la C.N.I., o sea, me arriesgaba a que igual… Pero yo decía ‘bueno, moriré como héroe po hueón, pero no voy a morir como vacuna’, cachai, por no delatar a quienes están haciendo mierda un recital que tú tanto esfuerzo te ha costado y todo lo demás, y van a hacer solamente daño. Eso pasó varias veces, varias veces, y lo vio mucha gente eso, ¡quedaban helados! ‘¡Esta mina se está crucificando sola hueón!’ ¡No sé! ¡Pero era como un silencio total! Y ya después los tipos… o sea, la gente se abría, y se iban o los hacían mierda, eso estaba claro, entonces los tipos arrancaban pero rápidamente. Igual que en el Café del Cerro también, los tipos iban, se sentaban ahí, y todos sabían quiénes eran, ¡si la pura postura que ponían!, cachai, entonces yo iba y de repente me sentaba en las piernas de uno de ellos a cantarle… ¡terrible! ¡Muy desafiante!”.
Fotografía: Sol y Medianoche presentándose en el Galpón Los Leones, julio de 1983 (editado y publicado como casete En vivo, sello ACUS, 1984). Fuente: fanpage Sol y Medianoche. Referencias: diario Las Últimas Noticias, lunes 18 de julio de 1983.
El caso de Andrés, Ernesto y Alejaica, como también el de Sol y Medianoche, fueron excepcionales comparado al grueso de bandas rock del período. En general, las escenas del rock clásico y del metal no desarrollaron una puesta en escena donde la Dictadura fuese aludida ni menos criticada. Buena parte de los músicos afirmó que el régimen no había sido un ‘tema’ que los afectara directamente o a nivel familiar, de modo que no cultivaron una opinión o una forma de referirse a él en sus presentaciones. Otros, por el contrario, subrayaron los peligros que se corrían en esos tiempos y que inhibían cualquier intento de proclama o reclamo hacia la Dictadura. También hubo quienes señalaron que el Golpe los sorprendió en plena adolescencia, y que sólo posteriormente comenzaron a madurar una visión más crítica de la realidad. Además, muchos músicos entendieron los conciertos como la forma de ser remunerados (sobre todo en tiempos donde la industria discográfica había sufrido un duro revés), por lo tanto, las presentaciones en vivo debían asumirse profesionalmente como un producto, incluyendo vestuario, desplazamientos, pirotecnia, amplificación e iluminación de alto nivel.
En el borde de esa escena que priorizó “tocar”, pero participando de sus conciertos, estaba Andrés, Ernesto y Alejaica, y la banda Sol y Medianoche. No es casual que en ambos proyectos la música rock haya cedido terreno a otras corrientes, más ligadas al repertorio folklórico y popular. Eso les permitió presentarse en escenarios más diversos, algunos de ellos vinculados al canto comprometido o con algún perfil sociopolítico, como el Café del Cerro y El Jardín. En ambas bandas, el sentido de la música estaba conectado con cuestiones más profundas, sociales, ligadas a la realidad que se vivía en esos momentos. De ahí que la puesta en escena de ambas bandas revelase un especial cuidado en el uso de la palabra, incluso de aquella pronunciada entre canción y canción, pues sabían que podía generar reflexión y sentidos compartidos en plena Dictadura. Allí también era posible encontrar y cultivar la fuerza del rock.
Daniel Sierra G.
Investigador responsable del proyecto
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